El Origen
La idea de Dios: la huella del Hacedor y la necesidad de la existencia
La mera capacidad de la razón para concebir a Dios absoluto no es una ilusión pasajera; la razón no crea sus ideas de la nada, sino que descubre una huella existencial impresa en ella que apunta a su fuente.
Introducción: la razón como espejo, no como fábrica
Durante siglos, la razón humana fue vista como un espacio absoluto de libertad, capaz de crear mundos e imaginaciones sin fin. Sin embargo, el escrutinio filosófico y el análisis científico estructural conducen a una verdad muy distinta: la razón del ser humano no es una fábrica que produce la materia prima de las ideas de la nada, sino un «espejo» altamente desarrollado que reordena, moldea y reúne lo que ya está depositado y presente en este cosmos.
Si seguimos el mecanismo de producción de las teorías científicas y la formulación de los inventos técnicos, llegamos a una ley epistémica rigurosa: la razón no inventa reglas nuevas, sino que descubre lo existente y lo aplica. Y al aplicar esta ley física y filosófica a la idea más grande y más profunda que ha ocupado el sentimiento humano a lo largo de la historia —la idea de «Dios absoluto»— llegamos a un resultado inevitable y sorprendente en su sencillez y rigor: la mera capacidad de la razón humana para concebir a Dios, entre creyentes y ateos, es en sí misma la mayor y más asombrosa prueba de la necesidad de su existencia.
1. El concepto de filosofar existencialmente y el término ex nihilo
Para comprender la incapacidad de la razón humana para la invención absoluta, debemos entender primero uno de los términos filosóficos y teológicos más rigurosos de la historia: el término latino ex nihilo, que significa literalmente «de la pura nada» o «de nada».
En la metafísica, la creación o el origen se divide en dos tipos:
- Creación de la nada (creatio ex nihilo): el origen de algo sin nada previo en absoluto; es decir, ausencia de materia, de tiempo y de lugar, y luego el surgimiento repentino de la existencia por acción de un poder absoluto. Este acto es propio de lo divino en las doctrinas y filosofías existenciales, donde la existencia se derrama sobre la nada y se convierte en entidad.
- Fabricación y conformación (creatio ex materia): el origen de algo nuevo a partir de materia prima ya existente; esto es lo máximo que los seres humanos pueden hacer.
Cuando decimos que la razón humana no puede inventar algo ex nihilo, queremos decir que el ser humano no posee «la facultad del origen primordial». La razón está gobernada por la realidad; siempre necesita una piedra primera, una señal sensible o una ley cósmica existente para comenzar a pensar. La razón no puede arrojar una idea a la existencia si no tiene raíz o parte de la existencia exterior que le dé vida.
2. Disección de la razón: el mecanismo del nacimiento de teorías e inventos
La imposibilidad de inventar ex nihilo se manifiesta con mayor claridad cuando miramos los productos más elevados de la humanidad: la ciencia y la tecnología.
1. Las teorías científicas: levantar el velo de lo oculto
Cuando un científico formula una gran teoría que cambia el curso de la historia, la expresión precisa de lo que hizo es «descubrimiento», no «invención». Isaac Newton (1642–1727 d. C.) no creó la gravedad; Albert Einstein (1879–1955 d. C.) no inventó el tejido del espacio-tiempo; la mecánica cuántica no la produjo la razón de Max Planck (1858–1947 d. C.) de la nada.
La teoría siempre parte de la observación de una «anomalía» o de un vacío en la realidad visible, seguida de un proceso de abstracción racional y matemática. Esta abstracción no es la creación de un sistema nuevo de la nada, sino un intento de descifrar el sistema geométrico y físico ya existente en el cosmos desde el instante del Big Bang. Aquí la razón recibe las leyes cósmicas latentes y las traduce al lenguaje humano y a las ecuaciones.
2. Los inventos técnicos: el hibridismo y la simulación biológica
Los inventos humanos más revolucionarios y asombrosos no son sino un proceso de «reciclaje» avanzado de entradas sensibles y materiales existentes. La razón humana ejerce aquí el papel de «hibridador» o fabricante de combinaciones; une dos herramientas o ideas ya existentes para producir una función nueva, pero no crea la materia propia de ellas.
Por ejemplo, el invento del «avión» no fue un salto fuera de las leyes del cosmos ni una creación de la nada, sino la unión de metales extraídos de la tierra como el aluminio y el hierro, y la aplicación directa de leyes físicas ya existentes como la ley de flotación de Arquímedes (c. 287–212 a. C.), y una simulación biológica fiel de la geometría de las alas de las aves y su manera de atravesar el aire.
Lo mismo ocurre con la «maleta con ruedas»: la razón no inventó la rueda ni la maleta, sino que reordenó la relación entre ambas para resolver un problema humano. Incluso el «radar» es una simulación técnica del sistema biológico que guía a los murciélagos mediante ondas ultrasónicas, y la «inteligencia artificial» en su fondo es una reproducción geométrica de la manera en que se conectan las células nerviosas del cerebro humano.
El inventor humano se parece exactamente al «escultor»; el escultor no crea el mármol ni inventa las leyes físicas que permiten a su cincel cortar la piedra. Solo posee la «visión» de quitar las partes sobrantes para que aparezca la forma latente en el interior de la roca. La razón, pues, desmonta y recompone, pero es completamente incapaz de inventar «materia prima» o una «esencia» sin raíz en el exterior.
3. La visión filosófica a lo largo de la historia: la imposibilidad de imaginar la nada
Este mecanismo práctico de la invención no estuvo ausente de las mentes de los grandes filósofos a lo largo de la historia; constituyó el pilar de las escuelas epistémicas desde Grecia hasta la era moderna, confirmando que todo lo que hay en la mente procede de la existencia.
1. La filosofía griega: de Parménides a Aristóteles
Parménides (c. 515–450 a. C.): sentó la piedra fundamental con su regla rigurosa: «la existencia existe, y la nada no existe». Argumentó que la razón solo puede pensar en la existencia, porque la nada no tiene realidad, y es imposible que la razón extraiga una imagen o una idea de la nada.
- Las pruebas y la explicación: Parménides presentó una prueba racional basada en la «imposibilidad de la contradicción epistémica»; toda idea que la razón contempla debe remitir a un objeto, y el objeto debe «ser» para poder pensarse. Si la razón intenta pensar en «la nada absoluta», o la convierte en objeto (y así le otorga algo de existencia y cosidad en la mente) o es incapaz de abarcarla por completo. La explicación es que la pura nada no tiene identidad ni propiedades, y lo que no tiene identidad no derrama imagen; por ello, la conciencia humana está totalmente consumida en la existencia, y toda idea que se forma en ella es huella de una existencia real anterior a ella, imposible de brotar del vacío de la nada.
Platón (c. 427–347 a. C.): sostuvo que las ideas y los conceptos universales, como la justicia, la belleza y la idealidad, no los inventa la razón humana ex nihilo, sino que son un «recuerdo» (anamnesis); el alma había contemplado estas verdades en el «mundo de las Ideas» antes de descender al mundo material, y el aprendizaje es la recuperación de lo que ya existía.
- Las pruebas y la explicación: Platón se apoyó en la «prueba de los conceptos universales absolutos»; en nuestro mundo material solo vemos cosas bellas cambiantes (una rosa bella, un cuadro bello), pero poseemos en nuestras mentes un concepto estable y absoluto de «la belleza en sí», que no cambia con la rosa ni con su marchitamiento. Y puesto que este concepto pleno no existe en el mundo de la materia cambiante y deficiente, la razón es incapaz de inventarlo y componerlo a partir de entradas materiales deficientes. La explicación platónica ve estas nociones como «verdades existenciales objetivas independientes» que el alma imprimió cuando las contempló en el mundo eterno de las Ideas, y el pensamiento y la comprensión en este mundo no son sino raspar el polvo de la materia de la memoria espiritual para recuperar el origen de la existencia latente en ella.
Aristóteles (384–322 a. C.): afirmó el principio de la dependencia total de la existencia exterior con su famosa regla epistémica: «no hay nada en el intelecto que no haya estado antes en los sentidos». La razón, para él, nace como una página en blanco, y todas las ideas, sin excepción, son reflejo, abstracción y generalización de formas y ejemplos reales que la existencia exterior transmitió y los sentidos recibieron.
- Las pruebas y la explicación: Aristóteles se apoyó en la «prueba de la extensión sensible y la abstracción epistémica» para demostrar filosóficamente que la razón humana es estructuralmente estéril para producir o inventar cualquier «materia prima» de las ideas por sí misma, y que es imposible que imagine algo de la pura nada; la prueba es que quien pierde uno de los cinco sentidos (como el ciego de nacimiento) es completamente incapaz de inventar o concebir el concepto vinculado a ese sentido (como los colores). Se recurre a Aristóteles en esta prueba precisamente como pilar decisivo para demostrar a Dios; puesto que la razón no posee la facultad de «origen epistémico de la nada», y el concepto de «lo perfecto absoluto, lo incorpóreo y lo eterno» no tiene semejantes ni piezas materiales fragmentadas en el mundo de la materia deficiente para componerlo como el resto de los mitos, la existencia de este concepto en la mente humana y su debate continuo exigen necesariamente una verdad exterior objetiva que lo derramó. Desde esta entrada sensible, Aristóteles formuló su famosa prueba teológica del «Primer Motor que no se mueve»; cuando los sentidos registran la realidad del «movimiento y el cambio» en el cosmos, eso conduce a la razón, por necesidad, a abstraer el concepto de «la Primera Causa estable y eterna». Así, Aristóteles demuestra que la idea de Dios en la mente no es una ilusión que brotó del vacío, sino el resultado inevitable de datos reales transmitidos por la existencia exterior y abstraídos por la razón para señalar a su Hacedor.
2. La filosofía occidental moderna: el rigor de la experiencia
René Descartes (1596–1650 d. C.): pionero de la filosofía racionalista moderna, investigó el origen de las ideas innatas y de perfección dentro de la razón humana y su relación con el influjo exterior.
- Las pruebas y la explicación: Descartes presentó la «prueba del ser perfecto» (la huella existencial); argumentó que encuentra en sí mismo y en su razón una idea clara y distinta de un ser infinito perfecto en todo poder y conocimiento (Dios). Y puesto que él es un ser limitado y deficiente, y la ley de la causalidad racional establece que «la causa debe contener de perfección lo que iguala o supera al efecto», es imposible que su razón limitada y deficiente sea la causa y el fabricante de la idea de «lo infinito y lo perfecto». La explicación cartesiana concluye que la idea de la perfección absoluta no fue inventada por la razón de la nada ni abstraída de experiencias materiales deficientes, sino que es una «idea innata primordial» que el Hacedor perfecto imprimió en la estructura de la razón humana al crearla, para señalarlo como la huella del Hacedor en su obra a pesar de las limitaciones de la materia.
John Locke (1632–1704 d. C.): coincidió con los filósofos de la escuela empírica en dividir las ideas en simples y compuestas, y consideró la razón una página en blanco que recibe sus primeras impresiones directamente de la experiencia exterior.
- Las pruebas y la explicación: Locke formuló su prueba mediante la «demostración del desmontaje de las ideas compuestas»; demostró que la razón humana nunca puede imaginar una cualidad o página sensible nueva que no haya experimentado (como saborear un sabor único o oler un aroma que no haya pasado por sus poros). Su explicación se divide en dos etapas: la sensación exterior y la reflexión interior. La razón recibe las «ideas simples» (como la dureza, el color, el calor) del exterior de manera pasiva sin poder rechazarlas o inventarlas, y lo máximo que posee la conciencia después es recomponer y repetir estas unidades simples para producir «ideas compuestas». Si faltan las materias primas en la realidad existencial, la razón queda completamente paralizada e incapaz de formular cualquier idea.
David Hume (1711–1776 d. C.): afirmó que el máximo desbordamiento de la imaginación no es sino copia de las impresiones sensibles; si no has visto un color o una materia, es imposible que tu imaginación lo cree de la pura nada.
- Las pruebas y la explicación: Hume presentó la «prueba del rastreo de las impresiones»; planteó un desafío filosófico célebre en el que exige a cualquier persona que analice sus ideas más alejadas de lo familiar y de la realidad, para encontrar que terminan reduciéndose a partes sensibles captadas por la memoria de la naturaleza (como el oro y la montaña para producir una montaña de oro). Su explicación se basa en la distinción rigurosa entre la «impresión sensible directa» y la «idea mental», que no es sino una copia pálida y menos viva de aquella impresión exterior; la imaginación humana está completamente encerrada dentro de los muros de lo que ha visto, oído y tocado en la existencia, y su desnudez no es sino manipulación de las sombras existenciales reflejadas en ella.
Immanuel Kant (1724–1804 d. C.): afirmó que la razón está gobernada por categorías a priori, como el tiempo, el espacio y la causalidad, programadas en la estructura de la conciencia, y que el ser humano no puede imaginar ni pensar fuera del marco de estas leyes cósmicas impuestas por el sistema de la creación.
- Las pruebas y la explicación: Kant se apoyó en la «prueba de las condiciones necesarias de la percepción»; mostró que la razón humana nunca puede imaginar algo que caiga fuera del ámbito del «tiempo» o del «espacio», ni concebir un acontecimiento que surja sin «causalidad». Estas categorías no son ideas compuestas por la razón ni captaciones libres, sino los «moldes y estructuras rigurosas» con que fue diseñada la conciencia humana para organizar los datos de la existencia exterior. La explicación kantiana aclara que el ser humano es estructuralmente incapaz de imaginar un mundo sin dimensiones, lo que demuestra que la actividad de la razón está totalmente sujeta y limitada por los límites y la arquitectura del sistema de la creación impuesto de antemano, y no posee libertad de generación absoluta fuera de estas leyes.
3. La filosofía islámica y la escuela de la Filosofía Trascendente
Ibn Sina (370–428 h / 980–1037 d. C.) (Avicena): determinó que el alma humana, al comienzo de su surgimiento, es un «intelecto hylético» (término filosófico que significa el intelecto en su estado primordial inicial como una página blanca limpia, que no posee imágenes ni información pero sí disposición y capacidad previa para aprender y recibir conocimiento, exactamente como la materia prima o el barro aún no conformado). Afirmó que este intelecto depende totalmente al principio del «sentido común» (la facultad mental interior que reúne y unifica las sensaciones de los cinco sentidos externos, como vincular la forma de la manzana con su olor y su sabor) y de la facultad «imaginativa» para reunir las imágenes del mundo exterior, y que el intelecto es completamente incapaz de inventar cualquier «esencia» (la realidad de la cosa y su núcleo esencial que la hace ser lo que es) si no tiene raíz y origen real en la realidad existencial.
- Las pruebas y la explicación: Ibn Sina se apoyó en la «prueba de la abstracción de los universales y la distinción de la esencia»; mostró que la conciencia humana comienza desde cero como una fuerza dispuesta y completamente vacía (como la hyle), y luego las imágenes de las cosas se graban e imprimen en ella mediante el paso por los sentidos externos e internos. Filosóficamente, el Shaykh al-Ra’is distinguió entre «la concepción de esencias compuestas» (la capacidad libre de la razón de desmontar y recomponer ideas previamente captadas para producir formas imaginarias nuevas no vistas juntas, como unir alas de pájaro al cuerpo de caballo para producir el caballo alado de los mitos) y «la imposibilidad de inventar una esencia simple primaria ajena a la existencia exterior» (como la incapacidad total de la razón para inventar un color completamente nuevo que ningún ojo haya visto antes). La explicación avicenniana sostiene que la razón, en su movimiento abstracto para extraer las leyes universales generales, nunca se separa de la realidad; la existencia exterior, con su sistema y sus leyes, es la que conduce y empuja la mente humana, por necesidad, a comprender las grandes evidencias (como el concepto de causalidad y la necesidad de la existencia de un Creador «Ser Necesario», es decir, Dios, que posee la existencia de sí mismo y no necesita de otro); estas verdades se imponen a la conciencia por la realidad exterior y no las brota la razón de la nada.
Shihab al-Din al-Suhrawardi (549–587 h / 1154–1191 d. C.): consideró que las imágenes y fantasías que el ser humano imagina y para las que no encontramos aplicación o verificación material directa en nuestro mundo visible no son nada ni vacío creado por la razón de la nada, sino imágenes vivas existentes y realizadas en un rango existencial distinto conocido como el «mundo de las imágenes» o el «istmo intermedio» (un mundo real situado entre el mundo de la materia sensible y el mundo de las abstracciones intelectuales puras, que contiene las imágenes de las cosas con sus medidas y formas pero sin su materia pesada), y el alma humana contempla y observa este mundo mediante la pureza del espíritu, el desvelamiento y la iluminación epistémica.
- Las pruebas y la explicación: al-Suhrawardi formuló su prueba sobre la base de la «prueba de la manifestación intelectual»; argumentó que lo que se llama imágenes imaginarias o imposibilidades (cosas que la persona ilusa cree que su razón inventa y crea de la pura nada) son imágenes que vemos en nuestras mentes y que tienen dimensiones, medidas y colores determinados. Su regla filosófica dice que «la pura nada no tiene dimensiones ni colores ni propiedades»; ¿cómo puede la nada, en la que no hay nada, producir y dar una imagen con forma y color? Si la razón las creara del vacío, sería creadora de la existencia de la nada, y esto es falso. La explicación iluminista concluye que la razón humana aquí no es fabricante ni fábrica que crea estas imágenes, sino un mero «manifestador» (es decir, un espejo pulido y limpio) en el que se reflejan y se manifiestan imágenes existentes y realizadas en ese «mundo de la fantasía separado e independiente de la identidad del ser humano», y la conciencia humana se conecta con este mundo de manera reflexiva, lo que demuestra que toda idea o imagen en la mente procede de un rango existencial real y no es hija de la nada.
Mulla Sadra al-Shirazi (979–1050 h / 1571–1640 d. C.): provocó la revolución epistémica más profunda en la escuela de la Filosofía TrascendenteFilosofía Trascendente — pronunciado ‘al-HIK-ma al-mu-ta-AA-li-ya’ — الحكمة المتعالية Pronunciación: al-Hikma al-Muta'aliya. La Filosofía Trascendente es la escuela desarrollada por Mulla Sadra. Une filosofía racional, teología coránica e intuición espiritual, y es conocida por doctrinas como la primacía de la existencia y el movimiento sustancial. mediante sus principios basados en la «primacía de la existencia», donde determinó que la existencia es la única realidad verdadera extendida en todo el cosmos, y que la nada es una negación pura que no es algo en absoluto y, por tanto, es imposible que derrame o dé imagen alguna a la mente; todo lo que la razón humana concibe es un modo y una forma de los modos de la existencia y tiene parte y porción de la verdad. Consideró asimismo que el acto de imaginar no es mero recuerdo de imágenes antiguas, sino una «intensificación existencial» del alma (es decir, ascenso y elevación en el rango de la existencia) para que el alma se conecte con un rango superior llamado el «intelecto activo». Insistió en la regla de la «posibilidad epistémica» del alma humana (concepto filosófico central que significa que el alma, en su identidad y esencia, es creada, necesitada, débil y depende totalmente, en cada instante, de DiosDios — pronunciado ‘al-LAH’ — الله Pronunciación: Allah. Allah significa Dios. No es el nombre de una deidad distinta; es la palabra árabe para el Dios único adorado por los musulmanes, y también la usan cristianos y judíos arabófonos cuando hablan de Dios. Lingüísticamente se relaciona con al-ilah, “el Dios”, dentro de la familia semítica de palabras para Dios. para que le conceda existencia, vida y conocimiento; es como el rayo del sol que no tiene subsistencia ni existencia sin el sol mismo); por ello, el alma no posee la capacidad de crear e originar ideas de manera independiente de la pura nada (ex nihilo), sino que todo conocimiento e imaginación que pasa por ella es manifestación, emanación y luz epistémica que fluye hacia ella desde el Rico Absoluto.
- Las pruebas y la explicación: Mulla Sadra se apoyó en la «prueba de la primacía de la existencia» y en la «regla de la afinidad» (regla filosófica que exige la necesidad de correspondencia y homogeneidad entre la causa y el efecto; quien carece de una cosa no puede darla). Demostró filosóficamente que la pura nada no tiene cosidad ni efecto y, por tanto, es racionalmente imposible que de ella brote un concepto, una idea o una imagen en la mente del ser humano, porque la negación de la existencia no produce existencia. La explicación sadriana concluye, sobre esa base, que el alma humana, descrita como «posibilidad epistémica» (dependencia pura del Creador), no puede derramar sobre sí misma perfección epistémica ni inventar de la nada la idea de «lo perfecto absoluto, lo infinito y lo Necesario»; ¿cómo podría una conciencia limitada, deficiente y pobre en sí misma inventar la idea de la riqueza y la perfección absolutas? Quien carece de una cosa no la da. Por ello, la percepción de la razón humana de la existencia y la perfección absolutas no es un error ni una ilusión fabricada por el alma, sino el resultado de una «intensificación existencial» y de un vínculo real que une el alma con el «intelecto activo» que derrama el conocimiento. Estas ideas universales elevadas no son sino manifestaciones y emanaciones reales y luminosas que la existencia divina rica y absoluta vierte en el fondo de la conciencia humana, de modo que la idea en sí misma es prueba viva y vínculo testimonial que declara la existencia del Hacedor que derrama.
4. Respuesta a las objeciones: el dilema de las criaturas fabulosas y la divinidad como mito
Al borde de este desarrollo epistémico, el pensamiento materialista y ateo presenta una objeción que parece lógica en la superficie y que busca sacudir esta estructura, conocida en las disputas filosóficas como el «problema de las criaturas fabulosas». Su contenido es:
«Si la incapacidad de la razón para inventar de la nada es prueba de la existencia de Dios, ¿por qué concibe la razón el dragón, el caballo alado, los extraterrestres y las criaturas metafísicas que no existen en el exterior? ¿No podría la idea de Dios ser otro mito fabuloso compuesto por la razón?»
Desmontar esta objeción estructural y filosóficamente exige mostrar la diferencia existencial y esencial entre «fabricar un mito» y «percibir la verdad absoluta simple».
1. El mecanismo de falsificar el mito: reunir piezas materiales
Cuando el ser humano imagina una criatura mítica como el dragón, el caballo alado o un extraterrestre terrorífico, su razón no ejerce creación ex nihilo en absoluto. Aquí la razón actúa como un dispositivo de procesamiento visual; no posee la capacidad de inventar materia prima nueva, sino que acude a su depósito sensible tomado de la realidad material y comienza el proceso de desmontaje y recomposición:
- El caballo alado: la unión de la imagen material de un caballo con la imagen material del ala de un ave.
- El extraterrestre: una combinación de extremidades de pulpo, ojo de insecto, piel de reptil y tamaño de dinosaurio.
Aquí la razón no inventó la materia prima de las ideas, sino solo la «relación y la composición», que es la función de la facultad «imaginativa» en la filosofía islámica, que desmonta y recompone imágenes de la materia sensible previamente percibida. El mito, pues, tiene partes materiales conocidas y semejantes y análogos en la naturaleza.
2. El mecanismo de percibir a Dios: abstracción y absoluto simple
Cuando pasamos del mundo de los mitos a la idea de «Dios» en su profundidad filosófica, nos encontramos con un concepto completamente distinto; las cualidades esenciales que componen esta idea son: simplicidad absoluta sin partes, incorporeidad, eternidad temporal, incorporeidad local, autosuficiencia y necesidad de la existencia.
Aquí colapsa la analogía del ateo y aparece el engaño; le preguntamos a la razón atea: ¿de dónde tomaron tus sentidos la materia prima de estas cualidades para recomponerlas o agrandarlas? El ser humano nunca ha contemplado en su vida algo «incorpóreo» para recomponerlo o copiarlo, nunca ha vivido en un entorno «atemporal» para tomar de él una impresión sensible almacenada, nunca ha visto en este cosmos visible un solo ser «rico por sí mismo» que no dependa de otro; todo lo que le rodea es un ser deficiente, necesitado y perecedero.
La razón puede inventar un «mito» porque sus materias primas están a su alcance en el mundo de la materia; posee la imagen del caballo y posee la imagen del ala. Pero es completamente incapaz de inventar la idea de «la extensión infinita y lo Divino» porque no posee piedra primera ni materia prima alguna en este cosmos material que se parezca a lo absoluto o a lo eterno. El mito es composición de partes materiales; Dios es una verdad simple y abstracta sin partes en el mundo de la materia de las que recomponerse.
3. La respuesta de Ibn Sina: la regla que distingue la necesidad de lo imposible
El Shaykh al-Ra’is Ibn Sina (370–428 h / 980–1037 d. C.) (Avicena) distinguió en sus investigaciones sobre «existencia y esencia» entre la capacidad de la razón para concebir «lo imposible en sí fabuloso» y su concepción del «Ser Necesario».
Cuando la razón concibe un mito, como una montaña de rubíes, recompone una «esencia nominal» de esencias existentes en el exterior y les atribuye una existencia accidental imaginaria. Pero cuando concibe a «Dios», la razón no concibe una esencia compuesta, sino que se dirige directamente a la pura existencia y a su simplicidad rica. La razón humana percibe, por necesidad y mediante la evidencia de la causalidad, que todo posible tiene una causa, y puesto que la cadena no puede extenderse sin fin, la razón se encuentra obligada y conducida a suponer un «punto de apoyo primero» sobre el que reposa el cosmos, que es el Ser Necesario. La concepción mítica es manipulación de imágenes; la concepción de Dios es respuesta racional inevitable al sistema de la existencia exterior y al impulso necesario hacia la Primera Causa.
4. La respuesta de Mulla Sadra: la prueba de la afinidad y la posibilidad epistémica
Según la doctrina de la Filosofía TrascendenteFilosofía Trascendente — pronunciado ‘al-HIK-ma al-mu-ta-AA-li-ya’ — الحكمة المتعالية Pronunciación: al-Hikma al-Muta'aliya. La Filosofía Trascendente es la escuela desarrollada por Mulla Sadra. Une filosofía racional, teología coránica e intuición espiritual, y es conocida por doctrinas como la primacía de la existencia y el movimiento sustancial., Mulla Sadra (979–1050 h / 1571–1640 d. C.) (Mulla Sadra) refuta la objeción de «Dios como mito» mediante la regla de la afinidad, es decir, la homogeneidad y la correspondencia; para que la razón perciba algo, debe haber afinidad entre el conocedor y lo conocido. La razón humana, en su identidad existencial, es «posibilidad epistémica», es decir, un ser de pura necesidad y dependencia de otro. Lo limitado y deficiente no puede saltar por sí mismo para percibir o concebir el concepto de «la riqueza absoluta, lo infinito y la perfección», porque quien carece de una cosa no la da, y la pobreza no produce el concepto de la autosuficiencia.
Sobre esa base, nuestra concepción de la perfección y lo infinito no es un mito que hayamos compuesto, sino una huella existencial y una fuerza de atracción que el Rico Absoluto derramó sobre nuestras almas. Y así como la confusión de la aguja y su inclinación exigen la existencia de un campo magnético invisible que la atrae, el giro y la confusión de la razón humana ante el concepto de «la perfección absoluta» es huella y reflejo de la existencia de este «imán existencial perfecto» en el exterior, que es Dios.
5. La respuesta de los gnósticos: la regla de la correspondencia entre existencia y perfección
Los gnósticos y filósofos sostienen que el ser humano posee un impulso innato y un deseo inmenso hacia «la perfección absoluta», es decir, el conocimiento infinito, el poder absoluto y la permanencia eterna, un deseo que nunca se apaga. Si el ateo afirma que este impulso es como concebir «extraterrestres», se le responde que la criatura fabulosa o extraterrestre hace desaparecer el deseo hacia ella con solo concebirla o dibujarla, y está limitada por los límites de la materia y la función. Pero el deseo humano hacia la perfección es interminable; si el ser humano poseyera la tierra, pediría el cielo.
Y puesto que el sistema cósmico está construido sobre la sabiduría y la coherencia absolutas, la existencia del hambre es huella de la existencia del alimento, la existencia de la sed es huella de la existencia del agua, y la existencia de este «deseo infinito y su concepción presente en la conciencia humana» es prueba decisiva de la existencia de un «amado y fin perfecto e infinito» en el exterior que satisface esta amplitud y esta pobreza existencial en el alma humana.
5. La aplicación inevitable: la idea de Dios y la huella del Hacedor
Si estas reglas filosóficas y científicas se afirman y coinciden —la razón no inventa la materia prima de sus ideas de la nada, toda imagen mental debe tener un manantial existencial fuera de la razón, y la idea de Dios está libre del mecanismo de composición de mitos materiales— nos encontramos cara a cara con la cuestión de Dios como huella inevitable.
Estamos ante una pregunta filosófica crítica que se impone: ¿cómo pudo la razón humana, limitada, deficiente, temporal y rodeada de materia por todos lados, concebir el concepto de «lo perfecto absoluto, lo ilimitado, lo eterno y lo rico por sí mismo»?
¿De dónde vino la humanidad con esta «materia prima» de las ideas? La razón vive en un mundo material en el que percibe la carencia en cada instante; todo a nuestro alrededor muere, enferma, termina y está gobernado por los límites del lugar y del tiempo. Y puesto que quien carece de una cosa no la da, es imposible que esta razón sumergida en la limitación produzca la idea de «la perfección absoluta» ex nihilo.
1. La prueba existencial y la huella del Hacedor en Descartes
El filósofo francés René Descartes (1596–1650 d. C.) usó esta lógica con precisión matemática rigurosa para demostrar la existencia de Dios; su idea se resume en que la idea del «intelecto perfecto absoluto» es clara y distinta en su mente. Y puesto que su razón limitada no puede ser la causa de crear la idea de «lo ilimitado», porque la causa debe contener de existencia y perfección lo que iguala o supera al efecto, entonces este ser perfecto debe existir en el exterior, y es quien imprimió esta idea en la razón humana como «la huella del Hacedor en su obra», exactamente como la firma que deja el Creador en el interior de la criatura.
2. La prueba de los veraces en Mulla Sadra
En la filosofía chií posterior y en la Filosofía TrascendenteFilosofía Trascendente — pronunciado ‘al-HIK-ma al-mu-ta-AA-li-ya’ — الحكمة المتعالية Pronunciación: al-Hikma al-Muta'aliya. La Filosofía Trascendente es la escuela desarrollada por Mulla Sadra. Une filosofía racional, teología coránica e intuición espiritual, y es conocida por doctrinas como la primacía de la existencia y el movimiento sustancial. de Mulla Sadra (979–1050 h / 1571–1640 d. C.), este significado se formula mediante la «prueba de los veraces».
La existencia es una realidad única compartida, y la razón humana es un rango de los rangos de esta existencia. Cuando la razón concibe el concepto de «la existencia absoluta rica de todo», es decir, el Ser Necesario, esta concepción no puede salir de la nada, porque la nada no derrama nada. Según la regla de la afinidad, la capacidad de la razón para percibir y concebir el fin de la perfección y lo infinito es huella y reflejo de una existencia real que vierte esta atracción existencial en la conciencia humana. La razón no inventó el concepto; el concepto se le impuso porque su Hacedor lo imprimió en su constitución existencial.
3. La confusión del ateo: demostrar el concepto para negarlo
Esta prueba filosófica no se detiene en los creyentes guiados por la naturaleza innata, sino que se extiende también a los ateos y a quienes niegan la existencia divina. El ateo, para negar a Dios y criticarlo, debe primero concebirlo en su mente con sus cualidades universales: omnipotente, omnisciente y creador del cosmos. La pregunta a la que el ateísmo no puede responder según las leyes del conocimiento: ¿de dónde tomó la razón ateísta la materia intelectual de un ser incorpóreo e ilimitado para negarlo?
Si la idea de Dios fuera una ilusión o una invención ex nihilo, sería imposible que la razón humana la formara en absoluto, porque la ilusión misma es composición de imágenes materiales previas como el caballo alado. Pero Dios no tiene semejanza material en el cosmos de la que la razón pueda recomponerlo y agrandarlo. Por ello, la concepción del ateo de Dios para negarlo es un reconocimiento explícito de que el concepto está presente y se impone a su conciencia desde el exterior, y no es producto de una falsificación interior. La confusión de la humanidad entera, entre creyentes y ateos, y su giro en torno a un solo centro de gravedad que es «la perfección», demuestra que hay una verdad existencial que transmite esta huella e impone esta atracción.
6. Conclusión: la necesidad existencial
Así como la realidad científica y filosófica demostró que el avión no vino de la nada sino porque había aves y leyes dinámicas en el cosmos que suministraron datos a la razón, y así como la teoría de la relatividad no brotó del vacío sino porque el tejido del espacio-tiempo ya existía y esperaba a quien lo descubriera, la mera participación de la razón humana en el debate sobre Dios, afirmándolo o negándolo, es la mayor prueba de la necesidad de su existencia.
La mente limitada rodeada de materia y de nada no puede inventar por sí misma el concepto de «lo perfecto absoluto y lo infinito», ni posee en este cosmos piezas materiales para recomponerlo como el resto de los mitos fabulosos. La capacidad del ateo para concebir a Dios para negarlo, y la capacidad del creyente para percibirlo para unificarlo, significan que el concepto se impuso a la conciencia humana desde el exterior; la atracción no ocurre sin un imán. El debate sobre Dios no es una ilusión que la razón fabricó, sino un reflejo y una huella viva que el Hacedor imprimió en la profundidad de la existencia humana.
El debate sobre Dios no es una ilusión inventada por la razón, sino una huella existencial viva que el Hacedor imprimió en la profundidad de la conciencia humana.